Infojus: Cuando la represión y la muerte arrasaron en un club de rubgy

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Cuando la represión y la muerte arrasaron en un club de rubgy

| Fuente: Infojus Noticias | Fecha de publicación: 2015-08-01 | Por: Infojus Noticias | Fecha de captura:: 2016-01-26 14:14

“Maten al rugbier”, del periodista Claudio Gómez, reconstruye una historia de militancia y camaradería, búsquedas e identidades para dar cuenta de la desaparición y asesinato de los 20 jugadores de La Plata Rugby Club entre 1975 y 1978. Adelantamos una parte del primer capítulo, donde se cuenta la historia de Hernán Rocca, acribillado de 21 balazos por la fuerza paramilitar de ultraderecha CNU (Concentración Nacional Universitaria).

Antes del golpe

—Me parece que nos están filmando —se preocupa
Adriana.
—No puede ser… ¡Cómo van a filmar justo este entrenamiento si los muchachos están de gira! ¿A quién se le puede ocurrir venir a filmar hoy? —tranquiliza Hernán.
—Esos tipos, allá, en aquel Torino —dice Pola.
—Olvídense, no pasa nada. Me doy una duchita rápida y vamos al asado.

Hernán Rocca es uno de los pocos jugadores de LPRC que este 27 de marzo transpira las canchas del predio de Gonnet. Sus compañeros de equipo están en medio de una gira de cuarenta días por Europa, pero él eligió quedarse. Dice que prefiere meter materias para terminar Medicina lo antes posible y casarse con Adriana. El plan va bien: a la mañana aprobó Patología con nueve y se sacó de encima una de las materias más pesadas del tercer año de la carre- ra. Por eso Hernán está de buen ánimo y no le importó entrenarse casi en soledad. A la noche, además, tiene un asado con un grupo de amigos en Gonnet, cerca del club. No es un día para estar pendiente de unos desconocidos, un Torino y una filmadora.

Mamberto, el dueño de casa, armó la mesa en la vereda.

***
La noche templada de marzo justifica un asado callejero.

Hernán llega con las dos chicas: Adriana, su novia, y Pola, la novia de Gonzalo Sánchez Viamonte, uno de los compañeros que está de gira en Europa. El clima del grupo es relajado, pero ellas siguen inquietas por los tipos del Torino. Hasta les pareció que cuando salieron del club los habían seguido. Pero Hernán insiste: “No se preocupen, ¿por qué nos podrían estar vigilando?”. Cerca de la medianoche, cuando del asado no quedan ni las brasas, otra vez aparece el auto, otra vez la inquietud. Y otra vez la indiferencia.

Hernán lleva a las chicas a sus casas en el Ford Falcon azul que le prestó el padre. Primero deja a Pola. Cuando llega al edificio donde vive Adriana, se baja del auto, la acompaña hasta el ascensor y la despide hasta mañana. Está a tres cuadras de su casa. En minutos —supone— estará tirado en la cama, repasando su día. Cuando llega a la puerta, en la calle 56 entre 5 y 6, el padre reconoce el ruido del Falcon desde adentro. “Ahí llegó Hernán”, avisa, mientras sigue con los preparativos porque tiene previsto salir para el campo en unas horas. Pero de repente se escucha una frenada, un auto que acelera, otro que hace chillar las ruedas. “No era, qué extraño”, se resigna el padre, mientras el eco de los motores se pierde en la noche platense.

Unas horas después los padres de Hernán salen para el campo. La persona más grande que queda en la casa es Mar- celo, el mayor de los hermanos Rocca, de veintitrés años. Lo acompañan su esposa, de diecinueve; su hija Mariana, de siete meses, y la hermana menor, María, de quince. Cuando se levantan a la mañana, les resulta extraño que Hernán no haya vuelto. “Se habrá ido de joda —arriesga Marcelo—. Debe estar festejando que aprobó esa materia”. Cerca del mediodía la posibilidad de una noche de diversión empieza a perder sentido. Hasta que Gloria, una vecina que era como de la familia, irrumpe en el comedor:

—¡Un policía vino a avisarme que mataron a Hernán!
El anuncio paraliza a las chicas. Pero a Marcelo, no; ya que no cree la versión del policía, sino que sospecha que es una maniobra para atraparlo a él. Y tiene motivos: aunque hace un tiempo dejó la militancia, durante un par de años integró el ERP y es muy probable que haya quedado marcado. “Me están buscando a mí”, balbucea. Entonces le pide a Gloria que entretenga al policía, sube al techo de la casa y se escapa por las terrazas vecinas.

Hay algo de cierto en la sospecha de Marcelo: está marcado y lo están buscando. Pero no es verdad que la versión de la muerte de su hermano sea una estrategia para atraparlo. El policía no mintió. Hernán Rocca apareció acribillado con veintiún balazos en una orilla del arroyo El Pescado, en las afueras de La Plata, camino a Magdalena. Lo encontró un vecino de la zona: se acercó porque le llamó la atención el Ford Falcon azul con las balizas encendidas y halló el cuerpo de Hernán, tirado en el suelo y con los ojos vendados. El vecino no advirtió que no había rastros de sangre ni de cartuchos de balas, no reparó en la evidencia de que había sido asesinado en otro lugar. Enseguida fue a hacer la denuncia a la comisaría de Villa Ponzatti, un anexo de la 8.ª de La Plata.

Es la mañana del Viernes Santo de 1975. Hernán Rocca, veintiún años, estudiante de Medicina, está muerto. Es el primero de los veinte jugadores de LPRC víctimas del terrorismo de Estado.


Hernán Rocca es una víctima. Es también una caja de cartón azul que atesora un puñado de objetos conservados con amor de hermana. Es una voz grabada en un casete que canta canciones de amor para su novia.

Es una familia destrozada. Es una madre abatida y un padre desconsolado. Es la incertidumbre de no saber por qué.
Es el cinturón de cuero blanco que tenía aquella noche, con marcas de balas y manchas de sangre.
Es además una causa judicial iniciada para iluminar las sombras del pasado. Es rastrear pistas, repasar nombres y retener caras de asesinos.
Es recorrer un diario personal con fotos y recortes que detalla su carrera como jugador de rugby.
Es la mirada culposa del ex compañero de equipo cuan- do dice: “No quiso ir a la gira por Europa, se quedó y lo mataron. Yo viajé en su lugar”.
Es otro ex compañero que dice: “Un balazo fue para él. Los otros veinte, para nosotros”.
Es una hermana que apuesta a la memoria. Es un hermano al que le cuesta recordar.


La carpeta parece uno de esos típicos recuerdos de colegio que guardan las madres dentro de bauleras: dos tapas duras camufladas con papel de revista, tres ganchos y las clásicas hojas rayadas Rivadavia. Tiene los bordes ajados y el forro está un poco arrugado. A simple vista esta carpeta parece proponer un viaje nostálgico por la infancia de un pibe en edad escolar. Pero no. No conserva apuntes tomados a las apuradas ni exámenes corregidos con rencor. Tampoco abruma con nociones incomprensibles de alguna materia cursada por obligación ni distrae con mapas pintados hasta el detalle. Esta carpeta en realidad es fascinante. Una hoja, cinco, diez, todas están repletas de fotos, recortes y breves anotaciones escritas con caligrafía de novia. Es un diario personal que Hernán Rocca hizo durante sus años de jugador de rugby. Arranca en 1968 y termina en 1974. Estas memorias de tijera y pegamento conservan su pasión.

Antes de hojear el diario de Hernán, yo sabía de su entusiasmo por el rugby. Muchos de los que lo vieron en las canchas con la camiseta amarilla me contaron que era un medio scrum implacable, que a fuerza de físico y velocidad se llevaba puesto al que se le colocara adelante. Sabía también que integró el equipo de LPRC que logró el ascenso en 1972 y el que al año siguiente ganó el tradicional seven nocturno del club Daom. Que era capitán, llegó a ser Pumita y tenía futuro de Puma. Estaba al tanto de todo eso, pero tener en mis manos el diario que armó durante seis años fue una manera de descubrirlo.

Este diario es una revelación. Imagino al pibe que con paciencia de coleccionista buscó, recortó y pegó. Me entero de que estas anotaciones se las dictaba a Ana, su novia. Leo que en 1968 salió campeón con la sexta división; en el invierno de 1970 hizo una gira por Bahía Blanca y Tres Arroyos; y en el verano siguiente, mientras estaba de vacaciones con su familia en Mar del Plata, aprovechó para participar de un seven.

Este diario era su orgullo. Hay fotos en blanco y negro de jugadas, otras con el equipo formado, algunas recortadas de diarios. Un título dice que La Plata venció 8 a 3 a Los Tilos en un amistoso. Otro, que cayó ante San Luis por un tanto. Las páginas siguen. Otra foto, otro comentario. Un recorte del diario El Día, otro de La Gaceta, otro de La Nación. La carrera de Hernán Rocca avanza. “¡Misión cumplida!”, anotó cuado LPRC le ganó 9 a 0 a Hurling y ascendió. “Debió ser empate”, justificó cuando perdieron 25 a 23 contra Banco Nación en el debut en primera división. Entre tantos recortes y fotos aparece una hoja escrita a máquina con instrucciones del entrenador. Hernán la identificó: “Un papel que nos dio Wilkinson para que aprendiéramos algo de rugby y de las funciones de cada jugador”. Además de explicar el desempeño y el entrenamiento específico para cada puesto, el técnico incentivaba la solidaridad, la entrega y el espíritu de equipo.

En una de las hojas del diario aparece pegada una nota de la revista de la Unión Argentina de Rugby. El título dice “Amarillo lindo color”. Describe el XV Seven a Side nocturno de Daom que se disputó el 21 de octubre de 1973. En la final LPRC derrotó al SIC por 16 a 0 y ganó ese torneo por primera vez en su historia. El texto destaca el “estado físico, la capacidad técnica y la adecuada táctica” del campeón.

Me detengo en la foto. Aparecen diez jugadores, cinco parados y cinco agachados. Están desaliñados, transpirados, con los pelos revueltos. La imagen es en blanco y negro, pero puedo detectar el barro sobre la tela amarilla de las camisetas. Recorro las caras: casi todos sonríen. La pose —intuyo— es de bienestar, de confianza. Los imagino orgullosos, con la satisfacción del deber cumplido. Me gusta suponer que en ese momento debían imaginar que ese seven sería el despegue, que LPRC ahora sí podía mezclarse entre los grandes del rugby. Casi por instinto repaso los nombres. Entre los diez jugadores aparece Hernán Rocca, por supuesto, acá está. Sigo con los restantes. Reconozco a Mariano Montequín, Otilio Pascua y Santiago Sánchez Viamonte.

Los tres están desaparecidos.


¿Por qué?
Hace cuarenta años que la pregunta rebota dentro de la familia Rocca.

¿Por qué?

Todavía no encontraron una respuesta. O no hallaron una respuesta única. Apenas barajan sospechas, posibilidades, versiones. Algunos que conocieron a Hernán aseguran que militaba en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y que por eso lo mataron. Otros intuyen que lo confundieron con Marcelo, el hermano. Están los que garantizan que entre el rugby, la facultad y la novia no disponía de tiempo libre para integrar una agrupación política. Y algunos no pueden explicarse la ingenuidad que tuvo el día que lo filmaban. Solo especulaciones.

City Bell parece una ciudad en estado de vacaciones permanentes. Calles tranquilas, poco tránsito, casas grandes, espacios verdes, muchos árboles y un centro comercial de pocas cuadras donde hay negocios y barcitos con mesas en la vereda. El clima que se palpa es una réplica del de las ciudades más serenas de la costa. En una de esas casas vive Araceli, una de las hermanas de Hernán Rocca. Ahí, en medio de esa calma de provincias, me dedica una tarde para recordar lo que más le duele. “Ayer estuve en una audiencia del juicio por La Cacha. Todavía no me puedo reponer”, me recibe. Así y todo evita cualquier reparo. Acepta escarbar, traer al presente el dolor de su pasado.

Desde aquel marzo de 1975 la familia Rocca quedó destrozada. Ebert, el padre, se recluyó en el campo durante meses. Martina, la madre, se quedó en La Plata con María, la hija más chica. Araceli, que ya se había casado, vivía en Venado Tuerto. Marcelo, el mayor, se exilió en España. Hasta una tía le prohibió a uno de sus hijos que fuera a la universidad a estudiar Medicina porque era la carrera que había cursado Hernán. Ese desmembramiento familiar generó además un profundo silencio. De aquello no se hablaba. El recuerdo era demasiado doloroso. La negación duró más de treinta años. Recién en 2006, cuando los tres hermanos iniciaron una causa judicial, en la familia se volvió a hablar de Hernán.

La gran intriga de Araceli es si su hermano menor militaba o si en realidad lo asesinaron porque lo confundieron con Marcelo. Cuando pudo superar los años de silencio, se animó a hablar con Jorge, un muchacho que era amigo de Hernán. En realidad lo entrevistó, porque Araceli es profesora de Lengua y Literatura y tiene planeado escribir un libro con la historia de su hermano. Ella sabía que Hernán había ido al velatorio de Perón, que llegó a dar inyecciones en las villas y poco más. “Era muy reservado con sus cosas”, justifica. Pero en ese encuentro tardío se enteró de episodios que ni sospechaba. Jorge le contó que con Hernán iban los sábados a un curso de Introducción a la Realidad Nacional en una unidad básica peronista. Tenían la intención de participar, comprometerse e intentar algún cambio en la sociedad. Hasta que un día vieron a una chica en la terraza con una ametralladora y Jorge se asustó. “Hasta acá llego”, dijo. La respuesta de Hernán fue termi- nante: “Sigo un poco más, a ver qué pasa”. Desde ese día dejaron de verse.

El mayor indicio que tiene Araceli del compromiso político de Hernán es que renunció a aquella gira por Europa. A pesar de que era el capitán del equipo, eligió quedarse. Aunque ya había pagado buena parte de los pasajes, eligió quedarse. Aun a costa de resignar aventuras con sus mejores amigos, eligió quedarse. El argumento de que quería aprobar materias para casarse sorprendió a la familia en aquel momento. Ahora lo interpretan como una posible excusa para encubrir la militancia.

Araceli también rastreó a ex compañeros de la universidad, pero ninguno confirmó nada. En esa búsqueda de respuestas solo pudo juntar pistas, indicios y rastros de un pasado que le ofrece demasiadas dudas para su dolor. Se cruzó también con muchachos que están convencidos de que Hernán militaba. Raúl Barandiarán, por ejemplo. Era compañero de rugby y militante de un partido de izquierda. Fue el que se sumó a la gira por Europa cuando Hernán decidió no viajar. Y dice: “Aunque muchos de sus familiares no lo supieran, militaba en la JUP”.

La versión de que lo confundieron con el hermano tampoco termina de cerrar. Se sabe que hubo personas que fueron detenidas, torturadas y hasta asesinadas cuando en realidad buscaban a otra. Pero en principio Hernán y Mar- celo no tenían un parecido físico notable. Además Hernán andaba siempre en el Falcon azul del padre, mientras que Marcelo no se bajaba de su Ami 8 rojo. Es difícil sospechar entonces que los asesinos que siguieron a Hernán antes de atraparlo se pudieran haber confundido.


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